miércoles, 29 de septiembre de 2010

La Primavera en este barrio

Mucho me gustaría
guardar los olores para siempre
cambiar de estación
como de sonrisa
mirar al sol
sin prisa

Mucho me gustaría
tener tus palabras siempre conmigo
llevarlas secretas
simples
queridas

Pero la ausencia



Me pregunto dónde está la trampa
que hace de todos los días uno solo
asi
de esta manera tan horrible
dónde me olvidé lo que buscaba
(quizás nunca lo supe,
quizás ni siquiera importe)

Sólo tengo un mensaje de madrugada
bailando sobre los párpados
intentando abrirlos
desperezarlos
en esta mañana
de lo siempre igual
en esta noche de lo que quiere terminarse
morir
para ya no doler
(para vivir,
al fin de cuentas)
sólo tengo un mensaje
proferido con amor

"hay que ser fuerte,
sino no se puede"

Aire primaveral
que puede llevárselo todo
con un desgarrador quejido
andate zumbando la muerte a otro lado
que acá
habrá
palabras
abrazos
flores
verdes
aguas
violetas
campos
amarillos
ninfas
marineros
historias
historias
y más historias
para desandar lo vivido
para recuperar lo perdido
(como quería el tío Marcel)

para afrontar el olvido
porque febrero será siempre febrero
y las risas estarán aunque se hayan ido
luego,
abril mayo septiembre

para estar parado en el baldío
así nomás,
estando
queriendo
viviendo.


Una canción hermosa viene ahora
de este poeta y cantor llamado
Fernando Cabrera
del otro lado del río
que dice todo
tan lindo
y dice más
dice lo insospechable
y siempre descubro más
y siempre me queda sin descubrir

que la disfruten!
y más...

El tiempo está después


La calle Llupes raya al medio

encuentra Belvedere

el tren saluda desde abajo

con silbos de tristeza

aquellas filas infinitas

saliendo de Central

el empedrado está tapado

pero allí está

La primavera en aquel barrio

se llama soledad

se llama gritos de ternura

pidiendo para entrar

y en el apuro está lloviendo

ya no se apretarán
mis lágrimas en tus bolsillos
cambiaste de sacón


Un día nos encontraremos

en otro carnaval

tendremos suerte si aprendemos

que no hay ningún rincón

que no hay ningún atracadero

que pueda disolver

en su escondite lo que fuimos

el tiempo está después

martes, 31 de agosto de 2010

Me caigo y me levanto



Bueno... las palabras dejan el papel pentagramado, pasan a registro sonoro... porque anoche mientras re escuchaba un disco de Cortázar pensé que era maravilloso, y que debía estar el audio aquí... tan genio, tan bello!

¿Cómo nos rehabilitaremos?

Llueve, y qué linda la lluvia cuando sólo ella sabe quién soy, qué lindo cuando disipa el miedo, cuando se me ofrece como espejo y me acaricia. Y pensaba que siempre falta tanto, que siempre recayendo...

Nadie se rehabilita sin alterarse

... y de tanto repetir me voy hundiendo otra vez en este lamento de entrecasa, que es tan cómodo como el jean azul, tan verde, tan naranja... qué linda la lluvia cuando me enseña, cuando me trae al presente sin excusas, cuando me tiene así, mirándola...

Ah, y ahora recuerdo que hay un poema muy bello de Juan Gelman que se llama Lluvia, se los recomiendo... o lo traigo acá con las nuevas chispitas de alguna lluvia de septiembre

Gracias Julio Cortázar!

domingo, 8 de agosto de 2010

Anochecido

Tan lejos todas las estrellas
tan cerca el llanto
Muy dentro aquí, el silencio

viernes, 9 de julio de 2010

Huelo, miro... nada

me muero por verte
hoy
invierno
olor a vos en el aire
bufanda, chalina, polaina...

soy débil
caigo ante el menor de los recuerdos
siempre igual

empantanado,
regocijándome en medio de lo muerto
el niño inglés siempre tan tonto

no supe lo tonto que fui
hasta que vi tu oscuridad,
hasta que se reflejó en la mía

no supe lo malo que fui
hasta que sentí la maldad
cortándome la cara,
metiéndome los espejitos en los ojos
...que sangraron

imágenes
distracciones
la vida fue una distracción inútil
tendré que transformarme...
pero el desamor es tan amargo
me hace pedazos a cada rato
en cada ventana te encuentro
respirando blancura
y yo tan gris


hoy volví a tener alegría
esa de verdad
esa que te revuelve la sonrisa
esa que te hace mirar como si nunca hubieras mirado
esa que te hace querer
esa que endulza el té con tan sólo tenerlo al lado
esa que abre el libro en la página indicada
y te hace bailar

"(...)
como el viento voy a ver"

domingo, 6 de junio de 2010

Humildad y entrega

“… Concéntrate. Asegúrate de lo que sientes. Deja de estar viendo siempre una imagen de ti mismo. Cada vez que te sorprendas observándote, regresa a la sensación de tu cuerpo. No eres el personaje de una película. Si te escapas del organismo para hacerte observador, éste se convierte de inmediato en calabozo. ¡Vamos, avanza! ¡Hacia ti, más cerca, más aún! ¡Entra en tu carne y quédate ahí para que conozcas la humildad!, ¿comprendes?, hasta ahora has creído que ser humilde era disminuir tu valor, ocultarlo detrás de una máscara sumisa, sin darte cuenta de que has caminado por el mundo sin verlo directamente, distraído por lo que crees valer o no valer. Humildad, mi niño, es cesar de proteger tus creencias, de afirmar a cada momento tu existencia, de demostrarle a quien poco le importas que mereces estar vivo. Anda, suelta, no tienes nada que justificar. Entra en tu cuerpo, despójalo de finalidades, no lo invadas con tus dudas y defensas. Entrégate, que te coman los buitres, que las furias te arranquen los intestinos, que te pudras, que te conviertas en ceniza, suelta, cada uno de tus músculos es un cofre cerrado, ábrelos…”

Alejandro Jodorowsky (regalo de Meli)

domingo, 2 de mayo de 2010

El trabajo, pensando en Burroughs

¿Y qué come la máquina monetaria para
transformarlo en mierda?
Se come la espontaneidad, la vida,
la juventud, la belleza y, sobre todo,
se come la capacidad de crear.
Come calidad y caga cantidad

William Burroughs


En la radio festejan
y a mí me aburre
porque yo no trabajo
no soy trabajador
Vivo con la sensación
de que las cosas se derrumban
un poco todos los días
Veo a las mentes
desgastarse, como dijo el poeta...
y trabajar
Veo a los cuerpos
insensibles
o terriblemente dolientes
Y viajo... todos los dias viajo,
siempre un subte,
siempre un colectivo
y ese calor
cada vez peor,
cada vez lo soporto menos
y me alegro, por no soportarlo
por enfurecerme
por estar ahí y enfurecerme
y viene el tren y me subo, huelo, miro
y no me parece posible
y de repente estoy en otro lugar

en un balcón
y la ciudad es tan romántica
el viento en la terraza
las luces
la noche
y ese olor a ciudad
que es el olor de todos los años acumulados
de la ciudad que supura
que duele
y se ve tan hermosa

y no entendemos
ninguno de nosotros
por qué estamos acá
por qué tanto dolor
por qué tanta ciudad
y tanto misterio.

No quiero vivir por inercia
no quiero
... quiero volver al principio,
cuando las utopías apenas se desplegaban
porque allí estaba el nudo
que ataba mi cabeza a un sueño
La ciudad come
el trabajo arruina.
Y cuando no veo
cuando no puedo
cuando no llego
prefiero callar,
hasta la próxima tormenta
o hasta llegar a altamar
y allí gritar
que este llanto no es de agua
que esta vida no es de cal
que la piel está cansada
y va a arder al despertar

jueves, 18 de marzo de 2010

Ser

"La mayor parte del tiempo, al no unirse a palabras, mis pensamientos quedan en nieblas. Dibujan formas vagas y agradables, se disipan; en seguida las olvido" Sartre, La náusea.

Tu pregunta constante:

"¿Quién sos?"

No la podemos responder.

Se hará cada vez más profunda y desgarradora

Y no sabremos -

Sospecho que no sabremos nada más

que caer en ese abismo

cada vez

que nos miramos.

Sólo quiero cerrar los ojos

pero la vida me desborda,

como en aquellos trenes al atardecer...

Y con esta emoción puedo hablarle a tu silencio,

decirle

que me pregunte

"¿Quén sos?"

martes, 8 de diciembre de 2009

John Berger III

Autorretrato


Para hacer retratos satisfactorios, probablemente viene bien hacer algunos autorretratos y también haber aprendido a aceptar las fotografías que otros te han hecho. ¿Cómo es posible, si no, comprender la turbación, la ansiedad, incluso el pánico, que a menudo asalta a la gente cuando sabe que está siendo fotografiada? No me tengo por demasiado gordo, mi nariz es grande, pero no exorbitantemente larga. Y, sin embargo, no pude aceptar mi apariencia física durante años. Solía soñar con parecerme a Samuel Beckett. (Tener un perfil como el suyo tal vez implicaría también otra forma de vida). Me hice una serie de autorretratos y cada vez "disfrazaba" mi rostro porque lo rechazaba totalmente. Gesticulaba, hacía trucos con la luz, movía la cámara deliberadamente. La cura para este juego teatral llegó cuando me vi obligado a mirarme a mí mismo durante la duración completa de una película para la televisión –una película titulada Un fotógrafo entre los hombres, realizada por Claude Goretta–. La dosis fue lo bastante fuerte como para curarme. Este hombre al que veía ante mí existía con todas sus debilidades. Era real y en cierto sentido estaba más allá de mi control. Yo ya no era responsable de su apariencia. Algunos años después, durante un seminario que yo dirigía sobre fotografía, se decidió que cada uno de nosotros hiciera una fotografía –retrato– a cada uno de los otros. Cuando me llegó el turno para posar, uno de los estudiantes observó casualmente: "Bajo esta luz, tu cara me recuerda un poco a Samuel Beckett".

JOHN BERGER (del libro Otra manera de contar)

martes, 1 de diciembre de 2009

John Berger II

Entrevista hallada. Persona que vale la pena escuchar, leer, imaginar, contar...

Por Flavia Costa.

Pintor, ensayista, crítico de arte y extraordinario novelista, John Berger conversó con Ñ de la génesis de su creación. La fascinante relación entre pintura y escritura. Y entre belleza, deseo y perfección. El compromiso de los intelectuales ante las desigualdades. Además, un texto exclusivo del escritor

Hay que verlo. Se puede, claro, explicar con palabras, pero entonces hay que hablar de unos ojos azul cobalto donde uno tiene la sensación de que podría perderse, del abrazo amistoso con que se despide del fotógrafo, de la música de Tom Waits sonando mientras prepara café, de las pausas sin tiempo antes de cada frase, como si escribiera mentalmente antes de hablar —y en verdad lo hace; por eso cuando al fin habla, la experiencia de la conversación es la de una revelación compartida.

John Berger es inglés, tiene 78 años, ha sido pintor hasta los 30 —tiene contextura de pintor, de esos cuerpos que, se nota, no han evitado los esfuerzos—. Hace más de 30 años eligió vivir en los Alpes franceses. Es, y él lo sabe, uno de los más importantes escritores de la actualidad. Un crítico feroz de la globalización y su doble industria de ambiciosos y desamparados, y a la vez un narrador que con los materiales de la realidad social ha creado una literatura impecable, tan lejos del panfleto como del esteticismo. Y cuando abre la puerta de su casa —casa de su mujer, en verdad: la también escritora Nella Bielsky, en Antony, a pocos minutos de París, donde viven cuando escapan por algunas semanas del frío y del silencio—, sonríe con una calidez inusual, con ojos que han decidido hace muchísimo tiempo apropiarse de todo lo que sucede alrededor. Esa mirada suya es el saludo de bienvenida a su propio, omnívoro universo, donde tenemos la infantil sensación de que permaneceremos para siempre.

La transparencia y la hospitalidad de su mirada, la charla por varias horas —sólo interrumpida cuando el escritor salió para llevar y luego ir a buscar a Nella en moto a su clase de gimnasia acuática—, el vino y las tostadas con pasta de aceituna mientras cae la tarde, no son completamente extraños. Se corresponden con la generosidad y la apertura a los otros que revelan sus novelas, sus críticas de arte, sus obras de teatro, sus artículos periodísticos. Esos gestos son, además, la encarnación vital de esa "pequeña teoría sobre lo visible" que es el alma de su más reciente libro de ensayos, El tamaño de una bolsa, recién editado en la Argentina.
Allí Berger sostiene que la pintura es, fundamentalmente, un acto de colaboración entre el pintor y su modelo (sea éste una cosa, una persona, un paisaje o una idea). Y que para que ese acto se produzca, hace falta que el pintor sea, más que un autor, un receptor. No tanto un creador, no tanto la fuente del sentido, como alguien que espera atento la llegada del otro. "Es cierto —comenta al pasar, mientras acomoda un cenicero de bronce y unos pasteles marca Rembrandt sobre la mesa de su estudio vidriado—: la noción romántica de artista creador eclipsó el papel de la receptividad, de la apertura en el artista. Creo, como creían los chinos, que lo que parece una creación no es sino el arte de dar forma a lo que se ha recibido. Shitao, el gran paisajista chino del siglo XVII, decía que pintar es el resultado de la receptividad de la tinta: la tinta se abre al pincel, el pincel se abre a la mano, la mano se abre al corazón."-

En ese texto sugiere también que hay una especie de voluntad de los objetos, ideas o paisajes, de ser mirados. ¿Esto ocurre igual en la pintura que en la escritura? Usted ya no pinta, pero sigue dibujando: ¿cuándo se da cuenta de que algo, por así decir, pide ser escrito o dibujado?-

—Hay una diferencia central entre dibujar y escribir. Uno empieza a dibujar porque está frente al objeto y dice: "quiero dibujar, allí voy". Algunas veces, mientras uno dibuja, aquello que está dibujando empieza a presentarse ante uno de la manera en que él mismo quiere aparecer. Pero esto no es algo que sucede desde el comienzo, se da durante el proceso. A veces ocurre rápidamente, a veces toma más tiempo. Y a veces no sucede nunca, y entonces son esos dibujos muertos, quizá muy elegantes pero sin vida, que uno suele ver en los museos.-

—¿Y cómo ocurre al escribir?-

—Tomemos la novela King. Un día vi de pronto que había un espacio, un silencio, que necesitaba ser llenado. Ese silencio tenía que ver con la vida de los desposeídos. Y supe que ese silencio no me permitiría quedarme quieto, que tenía que hacer algo al respecto. Entonces viajé mucho, fui a diferentes ciudades, suburbios, barrios bajos, hablé con mucha gente de la calle. No como un sociólogo, sino como un observador, durante casi un año. Ahí estuve escuchando, observando, tomando notas. No era una investigación, sino que quizá se trataba de hacer espacio dentro de mi mente, o de mi alma, para que las cosas pudieran entrar en ella. No quería caer en la compasión barata. De pronto un día tuve la visión de estos dos personajes: Vico y Vica, que empezaron a demandar reconocimiento. Y el tema entonces fue encontrar la voz que esa historia necesitaba. La voz que funciona en una novela es la que interfiere en la historia lo menos posible. Pues busqué esa voz durante meses. Mientras, escribía. Pero era todo muy malo: usaba a estas personas como instrumentos para mi argumento político. Hasta que un día, de la forma más trivial, estando en París, vi a estas personas durmiendo en la calle, tirados junto con sus perros y me dije: ¡por supuesto! Esta historia debe ser contada por un perro. La voz debe ser la voz de un perro. Ahí realmente empecé a escribir.-

—¿Le pasó alguna vez decirse: "tengo que hacer algo con este tema; no sé si pintar o escribir"?-

—Bueno, hay escritores que siguen un programa muy severo de varias horas de trabajo por día. Yo trato de hacer eso, pero no lo logro. Siempre suceden cosas de todos los días que no puedo ignorar. Puede ser simplemente ir a comprar papas, o cuidar a un amigo. Las demandas ordinarias de la vida cotidiana. Yo tengo que hacer eso primero. Recién después puedo sentarme a escribir. Cuando escribí todo lo que puedo por ese día, pueden ser cuatro o cinco horas, me detengo. Y sólo ahí, algunos días, puedo comenzar a dibujar. Para mí, dibujar es algo que hago después de escribir. Por eso no me pregunto: ¿debo escribir o dibujar? Porque no tienen la misma prioridad.-

En el artículo "Un hombre desgreñado", dice que la compasión, el olvido de sí, no tiene que ver con el orden natural de las cosas, porque desafía la necesidad. Quizá para usted escribir es más "natural" que dibujar.-

—Sí, algunas veces pienso que en un mundo más justo, sólo dibujaría, o pintaría. Hoy eso es imposible para mí, aunque puede cambiar. Pero quizás la clave es ésta: hasta los 30 años yo era pintor. En ese momento decidí dejar de pintar. ¿Por qué? No porque no me gustara pintar, ni porque pensara que no tenía talento. Pero estábamos a fines de los 50, y lo que estaba pasando en el mundo era tan urgente —la Guerra Fría, la amenaza de una tercera guerra mundial— que sentí que debía hacer algo más directo para intervenir. Así empecé a escribir para los diarios. Con el correr del tiempo, escribir se transformó en algo más para mí, no sólo una urgencia política, pero no volví a pintar. Y mantuve el dibujo pero como actividad muy secundaria. Quizás en los últimos años dibujé más que antes, pero eso fue porque mi hijo, que ahora tiene 30 años, es un gran pintor. Entonces dibujo porque es una forma de estar en su compañía.-

—Políticamente hablando, las cosas no han mejorado mucho.-

—¿Hoy? Claro que no. Es un momento tan urgente como entonces, sobre todo después de las últimas elecciones en los Estados Unidos. Yo intuía que Bush iba a ganar. Entonces traté de escribir algo. No sobre las elecciones, sino sobre los efectos reales de cierta política en los seres humanos. Sobre los horrores de esta época, la fragmentación, la falta de futuro. Sobre esos seres que están presentes pero ausentes, porque nadie repara en ellos y son tratados como desechos del sistema. Y hoy, cuando miro para atrás, observo que siempre me sentí atraído por personajes, no necesariamente marginales, pero que están excluidos de los ámbitos que frecuentan los poderosos, tanto políticos como académicos. Y ojo: no lo hago por caridad, lo hago por mí. Disfruto con ellos.

La belleza imperfecta

Lo dicho: en este momento Berger pide permiso, se pone el casco de la moto, y lleva a Nella a la pileta. Tarda unos minutos, y al regresar, se interesa en cómo ha sido la versión teatral de su novela King que se estrenó este año en el Centro Cultural de la Cooperación. "¿Cómo resolvieron el personaje del perro? ¿Hay mucha escenografía?", interroga. Luego salta a la poesía. Nombra a sus favoritos: Neruda, Vallejo, Gelman, Roberto Juarroz. Y quiere saber si existe una buena traducción al inglés de Juanele Ortiz. -

—Comentaba que tiene listo un nuevo libro, ¿de qué trata?-

—Se llama Here is where we live y todavía no se publicó, a pesar de que lo terminé hace dieciocho meses. Pero el editor es lento. Es un libro sobre encuentros en diferentes lugares: Lisboa, Madrid, Cracovia, Londres, la frontera ucraniana... En cada lugar me encuentro con alguien que fue importante para mí y que ya ha muerto. En Lisboa, por ejemplo, me encuentro con mi madre, aunque ella nunca estuvo en Lisboa. Esos personajes no son fantasmas: están ahí y conversamos. O más bien, ellos me hablan a mí y yo les contesto. ¿Conoce mi libro Páginas de la herida? Ahí hay un texto llamado "Doce tesis sobre la economía de los muertos". Este libro es quizá una ficción inspirada en esas tesis. No lo había pensado así antes, pero de pronto ahora veo que es así.-

En esas tesis habla de nuestra relación con los muertos, así como en - El tamaño...- dice que los pintores nos ayudan a reconocer la ausencia del objeto pintado. ¿Por qué cree que es tan central la relación con las ausencias?-

—Creo que la ausencia contribuye enormemente a la creación de un sentido. De hecho, es muy difícil hacer que la vida tenga un sentido para nosotros si no percibimos las ausencias, si no les damos un lugar en nuestras vidas. Hasta la deshumanización producida por el capitalismo, los vivos estaban atentos a la experiencia de los muertos, pues ése era su futuro. Dependían de ellos para colmar el sentido de vivir. Sólo una forma cruel de egotismo moderno logró romper ese equilibrio, con efectos terribles para los vivos, que ahora pensamos en los muertos como los eliminados. Pero si eliminamos la ausencia, no hay más devenir. Y sin devenir, no hay deseo.-

—En todos sus escritos, el cuerpo, la sensualidad, ocupan un lugar importante. No se trata sólo del sentido de la vista, que está en varios de sus títulos, sino algo más físico, corporal.-

—La experiencia de escribir es corporal en el sentido básico de que casi siempre escribo lentamente, entre otras cosas porque corrijo mucho, soy muy minucioso. Puedo llegar a tener seis, siete, ocho versiones de un mismo texto. Es posible que eso se relacione con la pintura, ya que también la pintura es un proceso de corrección, un proceso de descomposición de las cosas, de invocar la presencia. Una palabra que me parece muy precisa en mi caso es "tacto". En primer lugar, porque si no existiera ese tacto, la escritura interferiría con aquello sobre lo cual se escribe. El tacto no es una cuestión de amabilidad ni de buenos modales, sino una cuestión de no perturbar la experiencia que se intenta alcanzar. Luego hay otro aspecto del tocar que se relaciona con el lenguaje. La elección de una palabra es como encontrar el lugar preciso del cuerpo que se quiere tocar con la lengua materna. Para eso, hay que tener una idea de la totalidad del cuerpo, aunque no se trata exactamente de una idea, sino de un sentido, de una sensación. Voy a usar la palabra "penetrante". ¿Es penetrante, agudo o punzante? Cada una de esas palabras es bien específica, y si al fin me decido por alguna, es sólo después de haber casi tocado todas esas opciones en mi propio cuerpo. El tacto del que hablo también se aplica a estas decisiones.-

Usted critica la idea de la belleza regimentada que aparece en los medios de comunicación, en las publicidades. Opone esos rostros que están perorando, que provocan nuestra envidia y nuestro anhelo, a la belleza que confirma que la vida es y ha sido siempre un don. Se pregunta, incluso, ¿cómo no caer en la trampa de la belleza? ¿Es posible no caer en la trampa de la belleza?-

—Le cuento una anécdota: hace un tiempo estaba en Florencia. Era en enero y hacía muchísimo frío. En un momento, casi solamente para entrar en calor, entré a un museo. De pronto me di cuenta de algo: cuando vemos algo o a alguien bello, la primera idea que nos surge es que es un placer mirar a esa persona o ese objeto. Y sin embargo no es así: el placer reside en ser mirado por esa persona. Si lo pensamos bien, cuando decimos "ah, qué bello", en esa expresión está la esperanza o el deseo de ser mirado por ese objeto. Por eso la belleza compulsiva es tan desagradable. Hay un elemento del deseo del que no suele hablarse. Hay una relación entre el deseo y la herida: el deseo supone dar y también recibir. Supone un alejamiento —temporario, por supuesto— del dolor natural de vivir y ser lastimado. Esa es la trama secreta del deseo: alejarnos por un tiempo del dolor. Si esto es así, y creo que en algún punto lo es —entre paréntesis, creo que es algo que resulta más fácil de entender para alguien que proviene de su cultura que para un anglosajón—, entonces la belleza perfecta es al mismo tiempo algo que no se puede amar ni desear, porque en su perfección intacta, sin heridas, no existe la posibilidad de dar ni de recibir. Es como dice Andrea Dworkin (mira el texto, pero recita casi de memoria): "no tengo paciencia con los invulnerables, con aquellos que no han sido tocados por un temporal, esos que nunca se han derrumbado. Grandes puntadas, desgarros mal cosidos, nada muy lindo. Entonces algo sale y reluce. Pero a los lustrosos, a esos no los soporto".

John Berger I

61

Miro un árbol.
Tú miras lejos cualquier cosa.
Pero yo sé que si no mirara este árbol
tú lo mirarías por mí
y tú sabes que si no miraras lo
que miras
yo lo miraría por ti.
Ya no nos basta
mirar cada uno con el otro.
Hemos logrado
que si uno de los dos falta,
el otro mirelo que uno tendría que mirar.
Sólo necesitamos ahora
fundar una mirada que mire por
los dos
lo que ambos deberíamos mirar
cuando no estemos ya en ninguna parte.

Roberto Juarroz, Poesía vertical, 1975